El Refugio de las SombrasEl pequeño apartamento de Leonor y Ernesto nunca se había sentido tan estrecho, pero al mismo tiempo, nunca se había sentido tan seguro. Al cerrar la puerta tras ellos, el silencio de la calle pareció amortiguar el estruendo de la tragedia que acababan de dejar atrás. Elena entró tambaleándose, sus piernas apenas capaces de sostener el peso de su cuerpo y el de su propia angustia. Se desplomó en el gastado sofá de la sala, ocultando su rostro entre las manos, mientras los sollozos volvían a sacudirla con una violencia que le recordaba la herida reciente de su cirugía.Leonor se detuvo frente a ella, rígida, con la mirada fija en su hija. No había rastro de lágrimas en sus ojos, solo una chispa de determinación fría y calculadora.—Ahora cálmate, Elena —sentenció Leonor, su voz cortando el aire como un cuchillo—. Deja de llorar de una vez, porque no vas a ganar nada inundando esta sala con lágrimas. El llanto no borra la sangre, ni detiene a la policía, ni con
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