La danza de las sombras
Alexander se quedó congelado en medio de la habitación vacía de Elena. El auricular del teléfono ardía contra su oreja, pero el frío que sentía en el pecho era glacial. Sus ojos, fijos en la manilla de hospital que aún sostenía entre los dedos, se entrecerraron con una mezcla de incredulidad y alivio.
—¿Qué has dicho, Julieta? —preguntó Alexander, su voz apenas un susurro quebrado—. Por favor, dímelo otra vez.
—He dicho que el bebé está aquí, Alexander —repitió Julieta