El límite de la pacienciaAlexander se quedó solo en la cocina, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. Tomó un vaso de agua, pero no para hidratarse; el líquido frío era apenas un intento inútil de apagar el incendio que le consumía las entrañas. Sus dedos, rígidos, apretaban el cristal. Eso lo veremos, Elena, pensó, una promesa silenciosa que oscilaba entre la determinación y el deseo desesperado. Eres mi esposa. Tu lugar es aquí, a mi lado, aunque te empeñes en negarlo.Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. La mansión, que antes le parecía su fortaleza, ahora se sentía como un campo de minas. Decidió salir de la cocina. Necesitaba ver a su hijo, necesitaba esa cuota de normalidad que solo Max podía ofrecerle. Caminó por el pasillo, sintiendo el peso de cada decisión tomada esa noche.Al llegar a la habitación de los niños, abrió la puerta con suavidad. Max estaba aún despierto, sus ojos grandes recorriendo las sombras del techo. Emiliano,
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