El Grand Hotel de la ciudad era un templo de cristal y acero, un monumento a la vanidad de hombres que, como Rafael, creían que el dinero podía comprar no solo el poder, sino también el olvido. Esa noche, el salón principal estaba engalanado para la Gala Anual de la Fundación Benéfica "Aurelio y Valeria", un nombre que le producía a Valeria una náusea física mientras lo leía en la invitación que apretaba entre sus manos enguantadas.—Estás temblando —susurró Bruno a su lado.No estaban en la camioneta, ni en las ruinas de la hacienda. Estaban en la parte trasera de una furgoneta de catering, rodeados de bandejas de plata y uniformes de camareros. Bruno vestía un traje de servicio que no lograba ocultar la tensión de sus músculos ni la mirada de depredador que acechaba tras sus gafas de pasta. Valeria, por su parte, llevaba un vestido negro de seda, sencillo pero impecable, oculto bajo una gabardina larga.—No es miedo —respondió ella, mirando el reloj de bolsillo que colgaba de su cue
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