El aire en la oficina de Bruno Olmos era denso, saturado por el olor a café quemado y el rancio aroma del papel viejo. Como detective principal del Valle Seco, Bruno había aprendido que el silencio no siempre era paz; a menudo, era el preludio de un grito.
Esa mañana, el silencio se rompió con el timbrazo estridente del teléfono de baquelita.
—¿Olmos? Soy el alcaide de San Pedro. Tenemos un problema. Uno de los tuyos acaba de aparecer con el cuello abierto en la celda 4-B.
Bruno no necesitó pre