El sol de la mañana no solo iluminaba las ruinas de La Promesa; las desnudaba. Donde antes se erguía la soberbia de una dinastía construida sobre el miedo, ahora solo quedaban esqueletos de madera calcinada y piedras ennegrecidas. El aire, sin embargo, era distinto. No olía a humo ni a sangre, sino a tierra mojada y a pino. Para Valeria, cada inhalación era un acto de rebeldía, un recordatorio de que sus pulmones ya no le pertenecían al régimen de los Castillo.
A su lado, Bruno era una presenci