El comedor de la mansión estaba sumido en un silencio tenso, solo roto por el tintineo de la plata contra la porcelana. Ángelo observaba a Cassandra desde el otro extremo de la mesa. Ella, siempre tan vital, apenas había probado bocado, su piel lucía de un tono traslúcido, casi cerúleo, y cada vez que el aroma del estofado de cordero llegaba a ella, arrugaba la nariz con una mueca de asco que intentaba disimular.—No has comido nada, rebelde —dijo Ángelo, dejando su copa de vino sobre la mesa—. Estás pálida, la tortura de Vincenzo te ha pasado factura, ¿no es así?Cassandra forzó una sonrisa, aunque sus ojos carecían de su brillo habitual.—Es solo el cansancio, Ángelo entre la cirugía de Wei, las sesiones en el sótano y los nervios... mi cuerpo me pide un respiro. No te preocupes, mañana estaré mejor.Ángelo asintió, aunque una chispa de duda cruzó su mente. Atribuyó todo al estrés postraumático de haber vengado a su padre, sin sospechar que la vida estaba reclamando su espacio en el
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