En la habitación de invitados de la mansión Di Santi, el ambiente era pesado. Una de las enfermeras tácticas que Mein Ling había enviado intentaba, por tercera vez, que Wei tomara un caldo de pollo.—Señor Wei, tiene que comer. Son órdenes de la señora Mein —insistió la mujer con tono marcial.—¡Llévate eso! —gruñó Wei, hundido en las almohadas y con el rostro pálido—. No voy a probar nada que no venga de las manos de Clara. Si voy a morir, será por su voluntad, no por la de una desconocida. ¡Fuera!En su habitación, Wei estaba tirado en la cama, sudando frío. La sugestión y la anestesia le estaban jugando una pasada sucia. Se sentía mareado, con el corazón a mil por hora.—Maldita sea... —gemía Wei, apretando las sábanas—. Si voy a morir por un mousse de chocolate, que al menos sea en sus brazos.En ese momento, la puerta se abrió suavemente. Clara entró, tratando de mantener su máscara de frialdad, pero al verlo tan pálido, algo en su pecho se apretó.—¿Sigues vivo, Wei? —preguntó e
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