El sol apenas asomaba por los ventanales del despacho de Ángelo, pero él ya estaba despierto, en su mano, sostenía un fajo de hojas de papel, no eran documentos normales; eran la declaración jurada y firmada de Leonardo desde la enfermería de la cárcel.Ángelo deslizó el dedo por las líneas escritas con caligrafía temblorosa pero firme. Leonardo no se había guardado nada. Nombres, fechas, cuentas bancarias, el fraude fiscal de la constructora, el desvío de fondos a paraísos fiscales, y lo más importante: la orden directa de Isabella para "encargarse" de los cabos sueltos, lo que vinculaba a Vincenzo directamente en la cadena de mando.—Maldita víbora... —susurró Ángelo, una sonrisa fría y cruel formándose en sus labios—Creíste que podías jugar conmigo Isabella, creíste que tu ambición no tenía precio. Pero Leonardo acaba de ponerle una etiqueta de "Culpable" a tu cuello.Miró a Marco, que estaba de pie frente a él, esperando órdenes.—Esto es el final del juego para ellos, Marco, con
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