La mañana nació fría, envuelta en una bruma gris que parecía respetar el luto tardío de la familia. El convoy de camionetas negras de la organización se detuvo frente a un sector apartado del cementerio, un lugar que hasta hace poco era un matorral de olvido.Ángelo, sentado en su silla de ruedas, lideraba el camino por el sendero de grava. A su lado, Marta caminaba con pasos lentos, apoyada en el brazo de Cassandra, mientras Clara caminaba en silencio, apretando contra su pecho un ramo de lirios blancos, los favoritos que recordaba de su infancia.Al llegar al sitio, las tres mujeres se detuvieron en seco, ahogando un sollozo unísono.Frente a ellas, donde antes solo había tierra seca y una marca anónima, se erigía ahora una imponente lápida de mármol negro pulido. Ángelo se había encargado de todo en menos de veinticuatro horas. En letras doradas, grabadas profundamente en la piedra, se leía:RAFAEL MORALESEsposo, padre y hombre de honor."Tu verdad ha salido a la luz. Tu sangre cl
Leer más