Esa noche, la crisis que tanto temían llegó sin previo aviso, rasgando la paz del santuario en el norte. A las 3:00 a.m., el silencio sepulcral de la suite principal fue destrozado por un pitido estridente, agudo y constante. Era el monitor de oximetría de Thiago Yun.—¡Wei! ¡Thiago! —Clara se levantó de la cama como un resorte, impulsada por un terror primitivo que le heló la sangre. Su rostro se puso blanco como el papel, y el aire se le atascó en la garganta—. ¡No respira, Wei! ¡Por Dios, nuestro bebé no respira!El pánico se apoderó de ella por completo, nublándole la vista. Se arrojó hacia la cuna nido, pero el temblor violento de sus manos le impedía desabrochar el seguro acrílico. Sentía que se ahogaba, que el mundo se le venía abajo en un segundo.Wei, cuyo instinto asesino lo mantenía siempre en un sueño sumamente ligero, reaccionó antes de que ella pudiera soltar el siguiente grito de dolor. Ignorando el dolor sordo de su tobillo quebrado, se deslizó con una rapidez felina y
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