La atmósfera en el búnker, que hasta hace unos minutos vibraba con la tensión del peligro y el eco de los disparos, se transformó en un refugio de paz absoluta. La pesada puerta de acero se abrió con un leve chirrido hidráulico, y Ángelo Di Santi entró con paso firme. A pesar de haber participado en la emboscada hace solo un momento, su presencia ahora era la de un patriarca calmado, protector y lleno de una calidez que solo su familia conocía.
Ángelo se acercó a la silla donde Clara permanecía