Clara vio la mirada de fuego de su esposo y, conteniendo la risa ninfómana que le provocaba tener al Dragón de la mafia comiendo de su mano, decidió cambiarle el juego en el último segundo. Se puso de pie con una elegancia perezosa, ajustándose el cinturón de la bata de seda vino de manera que su escote se remarcara aún más, y le dedicó una sonrisa angelical. —Sí, mi amor, tienes toda la razón, se acabó la paciencia —dijo Clara, acercándose a él y dándole un toquecito juguetón en la punta de la nariz—. Es la hora exacta para ir a bañar a los gemelos, darles pecho y dormirlos. No queremos que se pasen de sueño. Wei se quedó estático a mitad de la sala, parpadeando, sintiendo cómo toda la sangre que ya había bajado a su entrepierna sufría un freno de mano violento. Miró a Clara, luego miró las cunas, y suspiró derrotado. Sabía que con los gemelos no se jugaba; la rutina de sus hijos era sagrada. —Está bien... Vamos a bañarlos —aceptó Wei con voz resignada, aunque sus ojos seguían d
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