Isabella despertó con un sobresalto, el corazón latiéndole con fuerza. La habitación estaba exactamente como la había dejado: limpia, ordenada, sin sangre, sin vestido destrozado, sin mechones de cabello, sin anillo. Solo la luz del amanecer entrando por los ventanales del penthouse y Leonardo durmiendo a su lado, respirando tranquilo.Se sentó en la cama lentamente, pasándose las manos por la cara. El vestido ensangrentado, el nombre de Ángelo escrito con sangre… todo había desaparecido, solo había sido un sueño un sueño horrible y demasiado real.—Fue el estrés… —susurró para sí misma, respirando hondo—Solo estrés.Se levantó, se puso una bata de seda negra y bajó a la cocina. Preparó el desayuno favorito de Leonardo: café fuerte, huevos benedictinos, tocino crujiente y fruta fresca. Lo colocó todo en una bandeja elegante y subió de nuevo.Leonardo empezaba a despertar cuando ella entró, se sentó en la cama, frotándose los ojos.—Isabella… ¿ya estás levantada?Ella sonrió con dulzur
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