Capítulo 4

Leyla permaneció sentada en el suelo varios minutos más, con la espalda apoyada contra la puerta como si su propio cuerpo fuera el último obstáculo entre ella y el mundo exterior. El frío del piso se filtraba a través de su ropa, pero apenas lo registraba. Tenía los sentidos todavía alterados, como si no hubiera terminado de llegar del todo a casa, como si una parte de ella siguiera atrapada en ese pasillo, bajo esa mirada azul que parecía haberla atravesado sin esfuerzo.

Inspiró hondo, una vez… dos… pero el aire se le quedaba atascado en el pecho. Cada respiración era corta, superficial, como si su cuerpo se negara a relajarse. El silencio del apartamento, normalmente reconfortante, se le antojaba extraño, casi irreal. Demasiado quieto. Demasiado seguro para alguien que acababa de perderlo todo en cuestión de minutos.

Cerró los ojos con fuerza.

«No fue real», intentó convencerse. «Solo fue un encuentro incómodo. Nada más».

Pero su cuerpo no parecía estar de acuerdo.

Ella había sentido un tiron en su pecho, demasiado extraño y alarmante, era la primera vez que lo sentía. ¿Y si ese cambia forma había descubierto su identidad?

Leyla negó con la cabeza

Las palabras de la gerente regresaron con una nitidez cruel, como si alguien las hubiera grabado a fuego en su mente. El desprecio en su tono, la frialdad con la que la había mirado, como si Leyla no fuera más que un error que debía corregirse.

“Quiero que te largues ahora mismo.”

“Estás despedida, Leyla.”

El nudo en su estómago se tensó. No solo había perdido su trabajo, había perdido su coartada. Ese empleo mediocre, mal pagado y agotador había sido su ancla, la excusa perfecta para existir sin levantar sospechas. Sin él, todo se volvía más frágil. Demasiado.

Abrió los ojos de golpe y miró la puerta, medio esperando escuchar golpes, voces, pasos acercándose por el pasillo.

«¿Y si llamó a la policía?»

«¿Y si ya vienen en camino?»

Su corazón volvió a acelerarse.

No era solo el despido lo que la aterraba. Era el *por qué*. La gerente había sabido. De alguna manera, lo había sabido. Tal vez no todo, pero lo suficiente como para asustarla. Lo suficiente como para quererla fuera de allí de inmediato.

Leyla se pasó una mano por el rostro, sintiendo la humedad en sus mejillas. No recordaba haber empezado a llorar, pero ahí estaban las lágrimas, silenciosas, traicioneras. Las secó con brusquedad, molesta consigo misma. No tenía tiempo para desmoronarse. No ahora.

Y aun así, la imagen de aquellos ojos azules regresó sin pedir permiso.

Había sido tan inesperado.

Entre todas las cosas que podían salir mal esa noche, encontrarse con un cambiaformas no estaba en su lista. Mucho menos uno como él.

Recordó la forma en que su cuerpo había reaccionado antes incluso de que su mente pudiera procesarlo. El pequeño sobresalto al cruzar miradas, la sensación eléctrica recorriéndole la piel, como si algo antiguo y dormido hubiera despertado de golpe.

No tenía el aura salvaje que había aprendido a temer. No había agresividad, ni esa violencia latente que solía rodear a los de su especie. Al contrario. Había algo peligrosamente calmado en él. Algo que no necesitaba imponerse porque sabía que no hacía falta.

Su mandíbula fuerte, la sombra de barba que acentuaba sus facciones, la manera en que sus pestañas oscuras contrastaban con el brillo imposible de sus ojos… Leyla apretó los labios, incómoda consigo misma.

Hacía demasiado tiempo.

Demasiado tiempo desde la última vez que había permitido sentir algo así. Deseo. Interés. Esa punzada baja en el vientre que no tenía nada que ver con el miedo.

Se había obligado a apagar esa parte de sí misma. A enterrarla junto con todo lo demás que pertenecía a su vida anterior. Porque sentir significaba bajar la guardia, y bajar la guardia siempre había tenido consecuencias.

Pero él…

Él había mirado como si viera más de lo que debería.

Leyla se estremeció al recordar cómo su mirada había descendido lentamente por su cuerpo, sin pudor, sin prisa. No como un depredador evaluando una presa, sino como alguien que *reconoce* algo. Como si supiera exactamente qué botones estaba presionando en ella.

Y luego, ese gesto.

La lengua humedeciendo su labio inferior, discreta pero cargada de intención.

Leyla apretó los muslos, incómoda con la respuesta inmediata de su cuerpo. Había odiado ese detalle. Odiado lo mucho que le había afectado. Lo fácil que había sido perderse en algo tan simple.

«No puede saber», se dijo entonces, y se repitió ahora, aunque sonaba menos convincente cada vez.

Pero había visto el destello en sus ojos. Ese instante en el que algo pareció encajar para él. Como si hubiera reconocido un aroma familiar. Como si hubiera conectado piezas invisibles.

«¿Me descubrió?»

«¿Detectó mi olor?»

Las preguntas la carcomían por dentro.

Si lo había hecho, estaba en problemas. Serios.

Los shifters no solían ser discretos cuando encontraban lo que buscaban. Y ella llevaba demasiado tiempo escondiéndose como para cometer errores ahora.

Un suave ronroneo la sacó de sus pensamientos.

Salem apareció desde la cocina, su silueta negra recortándose contra la luz tenue. Caminaba con esa calma arrogante que solo los gatos parecían dominar, como si el mundo entero existiera para acomodarse a su ritmo. Su cola se movía lentamente de un lado a otro mientras se acercaba, completamente ajeno al caos interno de su dueña.

—Hola, grandulón —susurró Leyla con voz ronca.

El gato se frotó contra sus piernas, insistente, reclamando atención… y comida. Su ronroneo vibraba con fuerza, un sonido profundo y constante que, contra todo pronóstico, empezó a tranquilizarla.

Leyla dejó caer la mano sobre su cabeza y lo acarició despacio, siguiendo el contorno de su lomo. El contacto era real. Sólido. Ancla.

—Sí, ya sé —murmuró—. Tienes hambre. Siempre tienes hambre.

Salem la miró con ojos dorados, juzgándola en silencio, y luego volvió a frotarse contra ella como si nada más importara. Leyla soltó una pequeña risa sin humor. Ojalá su vida fuera tan simple.

Su mirada cayó entonces sobre la bolsa que había dejado caer a su lado. El corazón le dio un vuelco. La tomó con rapidez y la abrió, rebuscando en su interior con dedos temblorosos hasta que encontró el frío familiar de la plata.

La estatuilla seguía ahí.

Intacta.

El alivio fue tan intenso que tuvo que cerrar los ojos por un momento, apoyando la frente contra sus rodillas. Si la hubiera perdido… no quiso ni terminar el pensamiento.

—Esta noche fue una locura —susurró.

Apretó la bolsa contra su pecho. Aquel objeto valía más de lo que cualquiera podría imaginar. No solo por su material, sino por lo que representaba. Por lo que *era*.

Todavía no estaba a salvo. Ni de la policía, ni de los shifters, ni de su propio pasado.

«¿Qué hacía uno de ellos rondando el edificio?»

La pregunta volvió a surgir, insistente. Los shifters no aparecían porque sí. Siempre había un motivo. Territorio. Caza. Vigilancia.

Ninguna respuesta la tranquilizaba.

Exhaló despacio, intentando ordenar sus pensamientos. Primero, debía calmarse. Luego, pensar en el dinero, en el alquiler, en cómo demonios iba a sobrevivir las próximas semanas sin levantar sospechas.

—Pfff… —suspiró, sintiendo cómo, poco a poco, su corazón recuperaba un ritmo más normal.

Acarició una vez más a Salem y se obligó a ponerse de pie. El mundo no se iba a detener solo porque ella tuviera miedo. Nunca lo había hecho.

—Bueno —murmuró, más para sí misma que para el gato—, al menos ya tenemos el alquiler resuelto.

Sus ojos se posaron de nuevo en la estatuilla de plata.

La calma que sentía era frágil, engañosa. Lo sabía. Algo había cambiado esa noche. Lo sentía en lo más profundo de sus huesos.

Y tenía el presentimiento de que aquel shifter de ojos azules no sería fácil de olvidar… ni de evitar.

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