Mundo ficciónIniciar sesiónLa ciudad estaba extrañamente silenciosa para ser Toronto. Quizá era solo la ilusión que producía vivir en el último piso de aquel edificio de departamentos ruinosos, donde los muros crujían con cada cambio de temperatura y las tuberías resonaban como si guardaran secretos antiguos. Leila había aprendido a apreciar ese tipo de silencio: uno imperfecto, lleno de murmullos que no pertenecían a nadie más que al edificio mismo.
Se encontraba sentada en el alféizar de la ventana, con las piernas cruzadas y una taza de té enfriándose entre sus manos. La luna colgaba sobre la ciudad como un faro pálido, apenas visible entre los edificios altos y el cielo nublado. La miraba sin apartar los ojos, no por lo que significaba —no esta vez— sino porque la vista nocturna siempre la calmaba.
Cinco años.
Habían pasado cinco años desde la última vez que había visto la luna tan detenidamente y con una tranquilidad sobre cogedora.
Cinco años desde que había oído un aullido cercano.
Cinco años desde que huyó.
Y, aun así, en noches como esta, el pasado se arrastraba de vuelta sin permiso.
Leila estaba sentada en el borde de su cama, revisando las cuentas de los últimos meses, cuando un golpe fuerte resonó en la puerta de su apartamento. Su corazón dio un brinco. No era un golpe casual; era el golpe de alguien molesto, que no estaba dispuesto a esperar más.
—¡Leila! —gritó una voz ronca y áspera desde el otro lado—. ¡Abre esta puerta!
Leila suspiró, levantándose con lentitud. Sabía quién era. No era la primera vez que venía, y cada visita le dejaba un mal presentimiento que no podía ignorar. Con la mano temblorosa, abrió un poco la puerta, dejando apenas un espacio para mirar al hombre que había estado acechando su tranquilidad durante meses.
Era su casero, un hombre mayor, con la piel curtida por el sol y arrugas que parecían mapas de años de alcohol y malos hábitos. Su aliento olía a licor y a cigarro, y sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y desesperación.
Era el señor Richard, su casero.
—¡Dos meses de renta, Leila! —gruñó, apoyando sus manos sobre el marco de la puerta, invadiendo apenas un poco su espacio—. ¿Qué clase de mujer se atrasa así? ¿Quieres que te eche a la calle?
Leila tragó saliva, tratando de mantener la calma. —Todavía no tengo el dinero, señor. Estoy trabajando en ello.
—¿Trabajando en ello? —replicó, su voz teñida de burla y amenaza—. No me interesa tu excusa. Necesito mi dinero, y lo necesito ahora.
El silencio que siguió fue pesado, como si las paredes mismas contuvieran la tensión que flotaba en el aire. Antes de girarse para irse, sin embargo, el hombre hizo una pausa. Sus ojos brillaron de forma inquietante y su sonrisa tenía algo de siniestro.
—Pero… —dijo, bajando la voz y acercándose un poco más, aunque sin entrar—. Tal vez podamos llegar a un acuerdo especial. Solo tú y yo, Leila.
«¿Acuerdo especial?»
Leila sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Retrocedió instintivamente, empujando un poco la puerta para mantener la distancia. Su intuición le gritaba que no debía permitirle entrar ni un centímetro más en su espacio.
—No me interesa ningún “acuerdo” —respondió, con firmeza—. Si quiere su dinero, tendrá que esperar.
El hombre suspiró, un sonido que parecía mezclar frustración con diversión. —Ah, Leila… siempre tan difícil. Ten cuidado, pequeña. No todos los días uno rechaza una propuesta que podría ser… beneficiosa.
Y sin esperar respuesta, se giró y se alejó, dejando la puerta entreabierta y un eco de amenaza que hizo que Leila cerrara de golpe, asegurándose de que nadie pudiera forzarla.
Se apoyó contra la puerta, respirando con dificultad. Su corazón todavía latía acelerado, y un frío incómodo se instaló en su estómago. Sabía que aquel hombre no se detendría fácilmente, y que esta situación podría volverse mucho más peligrosa si él decidía volver.
Un leve maullido rompió el silencio.
—Salem… —susurró Leila sin dejar de mirar hacia afuera.
El pequeño gato negro se subió torpemente a su regazo, clavando sus patitas en la tela del pantalón. Se acomodó como si aquel fuera su trono natural. Leila apenas apartó la taza para evitar derramarla sobre él. Acarició la cabeza del felino, sintiendo cómo su respiración lenta y estable la anclaba a ese presente que tanto le había costado construir.
—Mañana es lunes —murmuró, más para ella que para él—. De nuevo a limpiar pisos…
No lo decía con frustración; al contrario, había un dejo de aceptación tranquila en su voz. Nunca había imaginado que su vida adulta consistiría en trapeadores, guantes de hule y olor a cloro, pero tampoco había imaginado tener la oportunidad de empezar desde cero. De ser invisible. De ser libre.
Y a veces, ser invisible era un regalo.
Sus dedos se detuvieron un momento en el pelaje tibio de Salem. Él respondió con un ronroneo profundo, satisfecho.
El departamento estaba iluminado solo por una lámpara amarillenta junto a la cama, cuya luz débil hacía que las paredes desgastadas parecieran más cálidas de lo que realmente eran. El lugar era pequeño: una cama individual, un escritorio que había encontrado abandonado en la calle, una cocina que apenas funcionaba y un baño que protestaba cada vez que se abría la ducha. Pero era suyo. Por primera vez en mucho tiempo, todo era suyo.
No había voces gritando su nombre.
No había órdenes.
No había ojos vigilando cada movimiento.
No había nadie que pudiera romper sus cosas.
Ni romperla a ella.
Exhaló lento al recordar. La memoria era como un diente flojo: uno sabía que dolería tocarlo, pero aun así la lengua volvía a buscar el borde lastimado.
El domingo siempre era el peor día para pensar.
Demasiado silencio.
Demasiado espacio.
Se levantó del alféizar, cargando a Salem que protestó con otro maullido indignado. Lo dejó sobre la cama y caminó hacia el pequeño fregadero donde dejó la taza vacía. El reloj en la pared marcaba las 11:47 p.m.
Leila apoyó ambas manos sobre el borde del mostrador, inclinando la cabeza.
—Solo necesito dormir —se dijo así misma, una vez más.
Pero sabía perfectamente que el sueño no sería fácil. Nunca lo era cuando recordaba demasiado. Cuando la nostalgia y el miedo se mezclaban como dos sombras difíciles de separar.
Caminó de regreso hacia la ventana. Afuera, un taxi pasó con las luces encendidas, un destello amarillo que iluminó la habitación por apenas un segundo.
A veces se preguntaba cómo habría sido su vida si nada hubiera salido mal desde el principio. Si su madre hubiese sobrevivido. Si su padre… no hubiera sido lo que es. Si la manada no la hubiese marcado con más cicatrices que enseñanzas.
Pero ese “qué hubiera pasado” era un fantasma sin nombre.
No valía la pena recordarlo siquiera.
Estiró una mano hacia la cortina, dispuesta a cerrarla para obligarse a dormir, cuando una corriente fría se coló desde la ventana mal sellada. Toronto tenía una forma particular de recordarte que estabas vivo: un golpe helado que atravesaba la ropa y la piel.
—Perfecto —dijo ella con una pequeña risa cansada—. Otra noche congelándome.
El edificio antiguo en el que pertenecía crujía y sonaba por todas partes, pero Leila ya estaba acostumbrada.
Aun así, no cerró la ventana del todo. La dejó entreabierta, lo suficiente para que entrara aire fresco y para seguir escuchando el rumor lejano de la ciudad. Pasos, motores, conversaciones confusas. Sonidos humanos. Sonidos normales.
Su vida ahora estaba hecha de eso: normalidad.
La normalidad había sido su salvación.
Volvió a sentarse en la cama. Salem se acercó de inmediato, como si el movimiento de ella fuese una invitación automática. Leila se dejó caer hacia atrás, hundiendo la cabeza en la almohada. El techo tenía manchas de humedad que formaban figuras abstractas; a veces jugaba a adivinar formas como si fuera una constelación personal.
—Estoy bien —susurró, aunque no estaba segura de a quién quería convencer.
Quizá a sí misma.
Quizá al recuerdo de la niña que alguna vez fue.
La niña que vivía con miedo.
La niña que creció sabiendo que la odiaban por nacer.
El pasado era un animal manso durante el día, pero por las noches se le afilaban los dientes.
Cerró los ojos unos segundos. La respiración de Salem, su pequeño peso caliente sobre su estómago, funcionaba casi como un ancla. El gato la necesitaba. Ella lo necesitaba. Era un acuerdo silencioso.
Y, sin embargo, aun con toda esa calma, algo dentro de su pecho palpitaba distinto cuando pensaba en lo que vendría mañana. No miedo. No ansiedad. Solo… incertidumbre.
Porque, aunque disfrutaba de su vida silenciosa, de vez en cuando tenía la sensación de que algo estaba por cambiar. No algo sobrenatural, no algo que tuviera que ver con la parte de ella que llevaba cinco años escondiendo. No. Era más simple que eso.
Era la sensación humana —terriblemente humana— de que nada tranquilo dura para siempre.
Escapar de una manada de cambia formas nunca era algo fácil para nadie, la suerte había estado con ella hace cinco años, pero sabía muy bien que si no ocultaba su olor seria perseguida por cualquier manada de cambia formas lobos… Sin preguntas ni propuestas, seria tomado como objeto y ese sería su final.
Lo bueno es que siempre tenía su propia rutina para ocultar su mitad cambia forma lobo, ser medio humana le daba esa ventaja.
Abrió los ojos de nuevo y miró la ventana. La luna seguía ahí, brillante y pálida como una moneda suspendida en el cielo.
—Solo un día más —dijo—. Solo otro lunes… como todos los demás.
Pero parte de ella sabía que no sería así.
Aunque todavía no entendiera por qué.
Salem levantó la cabeza y maulló, como si hubiese percibido algo que ella no.
Leila sonrió.
—Buenas noches, Salem.
Se giró hacia un lado, cerró los ojos y deseó —solo por esa noche— que el pasado permaneciera donde pertenecía.
Detrás de ella.
Lejos.
Muy lejos.







