Capítulo 2

Aron apoyó las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir mientras observaba la noche, como si pudiera arrancarle respuestas. Su reflejo se mezclaba con la ciudad bajo sus pies: un hombre alto, de hombros fuertes, cabello oscuro ligeramente despeinado y una mandíbula marcada por el cansancio. La camisa negra arremangada dejaba ver el tatuaje tribal que cruzaba su antebrazo, símbolo de su linaje alfa, pero para él no era más que recordatorio de lo que debía ser, y de lo que aún no había encontrado.

La puerta del estudio se abrió con un leve chasquido, como si el silencio que reinaba en la habitación fuera un cristal que se quebraba con la sola presencia de alguien más.

—Aron —la voz grave de Joshua cortó el aire sin pedir permiso, como siempre—. Llegó la confirmación del Consejo Empresarial y… también del otro consejo.

El “otro” resonó en la habitación con un peso que Aron no necesitaba que le explicaran: la reunión de alfas de la región. Se dio vuelta con un suspiro contenido, un gesto que ocultaba la fricción entre la obligación y la fatiga.

—¿Ambos el mismo día? —preguntó, intentando mantener la voz neutral.

—Sí —dijo Joshua, dejando la carpeta sobre el escritorio con un sonido seco—. Reorganicé todo para que puedas atenderlos en Toronto. Es mejor que viajes mañana por la mañana.

Aron llevó la mano al puente de su nariz, casi en el entrecejo, para mitigar la migraña que ya sentía formarse en su cabeza. No era el trabajo lo que le pesaba; era el tiempo. O, mejor dicho, la ausencia de él. Cada minuto era una cuerda que tiraba de él en direcciones que nunca parecían converger.

—Debería haber supuesto que no me dejarían descansar ni un domingo —murmuró, caminando hacia el escritorio con pasos lentos, medidos, como si cada uno le robara un fragmento de energía.

—No eres un hombre que descansa —respondió Joshua con naturalidad, dejando que la verdad flotara en el aire.

—¿Eso es un cumplido o una crítica? —soltó Aron una risa corta, seca, sin humor.

—Una realidad —replicó su beta—. Nunca lo has sido. Ni como alfa, ni como empresario, ni como hombre.

Aron dejó que esas palabras se filtraran en su mente. Nunca lo había sido. Era como si su existencia estuviera diseñada para avanzar sin pausa, hacia un horizonte que siempre se alejaba, hacia un “algo” que nunca llegaba.

Abrió la carpeta y repasó los documentos con atención clínica: firmas, propuestas, fusiones, un evento benéfico… y al final, la convocatoria del consejo de alfas. La tinta negra parecía pesar más que el papel mismo.

—Toronto —murmuró, más para sí que para nadie—.

Hacía meses que no visitaba esa ciudad; siempre había enviado a Joshua en su lugar. Algo se tensó en su interior, un nervio que no sabía si era anticipación, agotamiento, o la mezcla de ambos. Tal vez simplemente era el cansancio de un hombre que había pasado demasiado tiempo esperando algo que no llegaba.

Se dejó caer en el sillón de cuero, sintiendo cómo la tela marcaba la musculatura de su espalda. La luz tenue del estudio iluminaba apenas lo necesario; el resto se sumía en sombras largas, solemnes, como si la habitación misma vigilara sus pensamientos.

—Prepara el jet —ordenó al fin, con voz firme—. Salimos a las ocho.

—Listo —asintió Joshua—. ¿Necesitas algo más?

Aron abrió la boca para decir “no”, pero algo dentro de él se removió, un pensamiento que había intentado reprimir durante años.

—Joshua… —dijo con un tono que llevaba el peso de la duda.

El cambia forma se tensó levemente, reconociendo la rareza en la voz de su alfa.

—Dime —respondió, cruzando los brazos.

Aron se apoyó en el ventanal, dejando que las luces de la ciudad se mezclaran con su mirada, dispersas como latidos erráticos.

—¿Alguna vez… te has cansado de esperar? ¿Crees que existen las almas gemelas? —preguntó, finalmente dejando que su vulnerabilidad se asomara.

El silencio cayó sobre ellos como un manto pesado. Joshua parpadeó, sorprendido. Aron rara vez compartía ese tipo de pensamiento, y mucho menos lo enfrentaba directamente.

—¿Lo dices por tu compañera? —inquirió su amigo, cuidadoso, midiendo cada palabra.

Aron soltó un suspiro áspero, apoyando los codos sobre las rodillas. Su voz salió baja, como si cada palabra costara esfuerzo.

—Mi lobo sigue creyendo que existe, pero yo… —sus dedos se entrelazaron, tensos, atrapando la incertidumbre—. Han pasado demasiados años.

Demasiado tiempo

Joshua se acercó, apoyándose suavemente en el escritorio, su presencia un ancla silenciosa.

—Eres un alfa fuerte, joven, estable. No estás viejo para encontrarla. Tienes incluso siglos por delante, más del promedio humano.

—No es eso —negó Aron suavemente—. Es que… nunca he sentido ni el más mínimo rastro. Ni una señal. Y la mayoría de los lobos encuentran a su pareja antes de los treinta.

—No todos —respondió Joshua, como si leyera el pensamiento que Aron no se atrevía a admitir.

—Tengo treinta y tres —dijo Aron con un tono seco, casi frustrado—. Y no veo señales de nada.

El lobo beta ladeó la cabeza, reconociendo la tormenta interna de su alfa.

—Tu lobo sigue esperando. Eso significa algo.

—Tal vez es un idiota optimista —bufó Aron, aunque por dentro sabía que no era tan simple. Su lobo era perceptivo, fuerte, inquieto… pero jamás desesperado. Siempre expectante, como si aguardara un momento, un lugar, una persona que nunca aparecía.

Aron se preguntó si estaba destinado a la soledad. No por falta de amantes, la Diosa Luna bien era consciente de las amantes que habían adornado su cama por mucho tiempo, pero ninguna dejaba huella. Ninguno calmaba el vacio silencioso que latía en su pecho.

Miró a su beta con intensidad.

—¿Crees que es posible que algunos shifter nazcan sin alma gemela?

Joshua tardó más de lo habitual en responder, midiendo sus palabras.

—Siempre hay una excepción para todo, Aron… pero tú no lo eres. Estoy seguro de eso.

Por primera vez esa noche, Aron permitió que una sonrisa genuina se dibujara en su rostro.

—Si algún día encuentras a tu compañera, voy a recordarte lo ridículo que suenas ahora —dijo su beta, dándole una palmada en el hombro.

—Está bien, está bien —Aron agitó la mano, intentando disipar la carga emocional—. Ya puedes dejar la terapia emocional.

Joshua rio suavemente y salió del estudio, dejando a Aron solo con sus pensamientos.

Las sombras se alargaron, más densas que antes. El silencio era casi tangible, un recordatorio de la espera que aún persistía.

Se levantó, agarró su saco, y preparó todo para el viaje del día siguiente. Pero mientras caminaba hacia su habitación, un pensamiento se instaló en su mente y no se apartó:

«¿Y cómo es ella?»

Un suspiro escapó de sus labios antes de que la oscuridad lo envolviera por completo.

Capítulo 3

El corazón de Leila latía con fuerza mientras caminaba por los pasillos de la empresa con su delantal negro, sus zapatillas a juego en contraste con su camisa blanca, y la falda gris. Cada paso parecía amplificar sus nervios; la imagen del casero enfurecido seguía clavada en su mente. Aún le faltaba dinero para cubrir los dos meses de arriendo atrasado, y la desesperación se aferraba a ella como un frío punzante.

Llegó frente a la oficina de la gerente, respiró hondo y tocó la puerta con las manos ligeramente temblorosas. La mujer levantó la vista de sus papeles, sin la menor pizca de empatía.

—¿Sí? —preguntó Amber, en un tono seco y despectivo, como siempre.

—Jefa, perdone la interrupción —Leila se apresuró a disculparse—Yo…Quisiera saber si existe la posibilidad de… adelantar mi quincena —dijo Leila, tratando de que su voz sonara firme, aunque el pánico comenzaba a filtrarse. —Trabaje horas extras sin remuneración por el favor, yo…

—No— esa fue la respuesta tajante de la gerente, sin levantar la vista de su móvil.

Leila se quedó congela en su sitio, sorprendida por lo tajante que había sido.

Entonces la gerente arqueó una ceja, evaluándola con indiferencia al darse cuenta de que ella seguia inmóvil en su lugar, petrificada.

—¿Un adelanto? —repitió, como si la idea le pareciera absurda—. Lo siento, Leila, pero la empresa tiene reglas. Nadie recibe adelantos. Supongo que tendrás que arreglártelas como todos los demás.

Abrió la boca para decir algo, pero la mujer se levando del escritorio, con su mirada afilándose sobre ella. Leila contuvo los instintos de su loba interior, empujándolo hacia bajo al tiempo que bajaba la cabeza en sumisión.

Leila tragó saliva. La indiferencia de aquella mujer era un golpe frío, uno que le caló los huesos. Sintió que la cabeza le daba vueltas y el aire escaseaba. La desesperación empezó a apoderarse de ella.

Fue entonces, mientras caminaba de regreso por el pasillo, que algo llamó su atención: el personal de limpieza salía de la oficina del CEO, un hombre del que había apenas oído escuchar, pero nunca había visto. La puerta del despacho permaneció entreabierta, dejando escapar un leve rastro de luz y el sonido de papeles que se movían.

Un pensamiento fugaz cruzó su mente. No era prudente, ni correcto, pero el instinto de supervivencia, afilado por la ansiedad y el miedo, la empujó hacia adelante.

—Solo limpiare un poco —se dijo a sí misma, tratando de convencerse—. Solo miraré lo que hay dentro.

Cada paso hacia la oficina del CEO era un latido acelerado en su pecho. Se detuvo junto a la puerta, observando los objetos sobre el escritorio: papeles, una pluma, un maletín de cuero… Y un trofeo en forma de lobo. El cerebro le gritaba que retrocediera, pero el hambre y la necesidad de pagar la renta eran más fuertes que cualquier miedo.

Se acercó un poco más a la pequeña estatuilla, con la excusa de limpiarla talló un trapo en ella hasta dejarla más brillante de lo que ya era.

Algo dentro de ella le decía que era un objeto muy valioso.

—Puedo cambiar algo de esto por dinero —susurró, con la voz temblorosa—. Solo necesito esperar el momento adecuado.

Entonces decidió esperar

La noche llegó lentamente, con sus sombras alargando los rincones de la empresa, la espera no hizo nada por calmar sus nervios. Los últimos empleados abandonaban el edificio, dejando un silencio pesado, casi sofocante, que parecía observarla desde cada pared del lugar. Leila avanzó con cuidado, los pasos amortiguados por la alfombra. Cada sonido de su respiración parecía un grito en aquel espacio vacío.

Dentro de la oficina del CEO, la luz era tenue, iluminando apenas el escritorio y los objetos más cercanos. Leila inspeccionó cada cajón con rapidez, su mente calculando cuál sería más fácil de abrir, qué podía tomar sin levantar sospechas inmediatas. Cada movimiento era medido, cada decisión tomada con la urgencia que la desesperación exige.

Su corazón golpeaba su pecho, y un sudor frío recorría su espalda. Sabía que si alguien la atrapaba, las consecuencias podían ser terribles, pero no había alternativa. El casero, la renta, la falta de dinero… todo la empujaba hacia esta línea que jamás pensó cruzar.

Finalmente, con un suspiro contenido, actuó: Tomo la estatuilla y la guardo dentro de su blusa, para luego apresurarse a salir de la oficina.

Con la sangre golpeando sus oídos, apenas se cambió de ropa. Decidió salir por la puerta de emergencia para no ser detectada por la seguridad en la puerta principal de la empresa. Leila corrió por el pasillo hacia la puerta de emergencia, sintiendo que casi tenía un pie afuera.

Casi.

Abrió la puerta y se estrelló contra una pared. Con un pequeño grito ahogado perdió el equilibrio, cerró los ojos esperando caer, pero un fuerte agarre sujetó su muñeca justo a tiempo. Al abrirlos, se encontró con unos ojos azules brillantes que parecían mirar dentro de su alma.

Un jadeo involuntario escapó de sus labios. La expresión del hombre era una mezcla de confusión, asombro y, sobre todo, enojo. La tenue luz del vestíbulo y del estacionamiento apenas dejaba ver su rostro, pero era suficiente para que el miedo de Leila creciera.

—¿Qué demonios? —gruñó él—.

Antes de que pudiera reaccionar, Leila se vio arrinconada entre la pared detrás de ella y el cuerpo de músculos que tenía enfrente.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —dijo el hombre, la mandíbula apretada.

Leila se estremeció, intentando encogerse, pero al levantar la mirada se encontró de nuevo con esos pozos azules que la atravesaban con intensidad. La luz iluminaba sus facciones, y en un instante la sangre se le drenó del rostro.

«Oh, mierda»

—Dios… —balbuceó, incapaz de moverse ni de alejarse del contacto. No solo por quién era él, sino por lo que realmente era: un hombre lobo.

Aron alzó una ceja, listo para exigir quién era y qué hacía allí, cuando de repente un aroma nuevo lo paralizó. Su garganta se secó, las palabras se negaron a salir. Su lobo se agitó violentamente en su interior, moviendo la cola en su mente y dejando un gruñido bajo retumbando en su pecho, un sonido que no podía contener.

«Mia. Ella es mia» El pensamiento se filtró dentro de la conciencia de Aron, como un disparo, y de repente todo cambió. Su visión de aquella mujer, que hasta hace segundos era solo un desconocido más, se transformó. La percibía diferente, irresistiblemente diferente, y su instinto le gritaba con urgencia.

—¿Quién eres? —logró articular, cada palabra contenida con dificultad mientras luchaba por controlar a su lobo.

Pero Leila ya lo había visto todo: el destello de su verdadera naturaleza, el brillo animal en sus ojos, la fuerza que emanaba de él. Sin pensar, reaccionó. Le dio un golpe rápido y salió disparada hacia su moto automatica, sintiendo cada latido de su corazón como un tambor en sus oídos.

El rugido del motor fue un salvavidas mientras huía. La adrenalina corría por sus venas, mezclándose con el miedo y la confusión. No sabía quién era ese hombre ni qué hacía allí, pero algo en él era peligroso, diferente, y lo peor: su aroma había despertado algo en su interior.

Debía mantenerse lejos. Alejada de los shifters -cambia formas. Alejada de cualquiera que pudiera percibir su aroma de mujer alfa. Porque si la atrapaban, si descubría su esencia… no habría vuelta atrás.

Mientras se alejaba, cada mirada que había intercambiado con el hombre de hace un momento quedaba grabada en su mente: los ojos azules, penetrantes, que parecían ver hasta lo más profundo de su ser. Y en algún rincón de su instinto, algo le decía que eso apenas era el principio.

Un aullido a lo lejos, detrás de ella, resonó en la noche, erizando cada bello de su cuerpo.

«Mierda» pensó, acelerando el motor del vehículo.

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