Aron tamborileó los dedos sobre la superficie pulida de su escritorio, un gesto inconsciente que delataba la tensión que le recorría el cuerpo. El despacho privado, ubicado en la cima de las oficinas de MoonEnterprise LTC, era una extensión de su poder: un dúplex que ocupaba toda la anchura del edificio, con muros de cristal y una vista privilegiada de Toronto que, en otros momentos, le resultaba tranquilizadora. Ese día, sin embargo, ni siquiera el dominio visual de la ciudad lograba apaciguar