Capítulo 6

Aron permaneció inmóvil durante varios segundos después de que el rugido del motor de la motocicleta se perdiera entre los edificios. El eco del aullido que había lanzado aún vibraba en su pecho, como si su propio cuerpo se negara a aceptar la realidad: la había encontrado… y la había perdido en el mismo instante.

Su lobo daba vueltas dentro de él, inquieto, frustrado, golpeando los límites de su autocontrol con una ferocidad que no sentía desde hacía años. No era solo rabia. Era algo más primario, más profundo. Una herida abierta que ardía con cada segundo que pasaba.

—Tranquilo —murmuró entre dientes, más para sí mismo que para la bestia—. La encontraremos.

Pero incluso mientras lo decía, sabía que no era tan sencillo.

Caminó hasta el centro del estacionamiento, inhalando profundamente. Sus sentidos se expandieron, buscando rastros: el olor del caucho caliente, el leve perfume de gasolina, y, por encima de todo, ese aroma. Dulce y salvaje al mismo tiempo. Único. Inconfundible.

Su compañera.

Su Luna.

Su nombre aún no lo sabía, pero su esencia ya estaba grabada en cada fibra de su ser.

El problema era la ciudad.

El concreto, el metal, los olores superpuestos, el tráfico nocturno. Todo conspiraba para borrar un rastro que, en el bosque, habría sido imposible perder. Aron apretó los puños con fuerza. Había cometido un error. Había reaccionado como alfa, como guerrero, cuando debía haber sido estratega.

—Maldita sea… —gruñó nuevamente, esta vez con menos furia y más frustración.

Se obligó a retroceder mentalmente, a analizar cada segundo del encuentro. La puerta entreabierta. El miedo en sus ojos. El reconocimiento inmediato. Ella sabía lo que él era. O, al menos, lo intuía. Eso explicaba la fuerza con la que lo había golpeado, la precisión del ataque, la huida calculada.

No era una humana común.

Y eso complicaba aún más las cosas.

El ascensor llegó con un suave timbre metálico. Aron lo observó abrirse, pero no entró de inmediato. Sacó su teléfono y marcó un número de memoria.

—Taylor —dijo en cuanto su beta respondió—. Necesito que vengas al estacionamiento. Ahora.

—¿Ocurrió algo? —preguntó el otro, alerta al instante.

—Encontré algo… o mejor dicho, a alguien.

Hubo un silencio cargado al otro lado de la línea.

—Voy en camino.

Aron colgó y finalmente entró al ascensor. Mientras subía, apoyó la cabeza contra la pared de metal, cerrando los ojos con fuerza. La imagen de aquellos ojos café, abiertos por el pánico y la sorpresa, se repetía una y otra vez en su mente. No había odio en ellos. Solo miedo. Y algo más. Algo que había reconocido demasiado bien.

Conexión.

El ascensor se abrió directamente en el nivel de su dúplex. Las luces automáticas se encendieron al detectar su presencia, revelando el espacio amplio y elegante que solía reconfortarlo. Esa noche, sin embargo, se sentía frío. Vacío.

Caminó hasta el minibar, sirviéndose un whisky sin hielo. Dio un sorbo largo, pero el ardor del alcohol no logró apagar la inquietud que lo consumía. Su lobo seguía inquieto, golpeando con insistencia.

«Ella huyó porque tiene miedo», pensó. «Y porque ha pasado demasiado tiempo sola».

Eso último lo sintió como una certeza, no como una suposición.

Unos minutos después, el sonido del ascensor anunció la llegada de Taylor. Aron dejó el vaso sobre la barra y se giró justo cuando su beta entraba al dúplex.

—Dime —exigió Taylor—. Tu voz no sonaba normal.

Aron lo miró fijamente.

—La encontré.

Taylor se quedó inmóvil.

—¿Estás seguro?

—Nunca había estado tan seguro de algo —respondió con gravedad—. Mi lobo casi pierde el control. Es ella.

Taylor exhaló despacio, pasándose una mano por el cabello.

—¿Dónde está?

—Huyó —admitió Aron, con el orgullo herido—. En una motocicleta. Rápida. Sabía lo que hacía.

Taylor frunció el ceño.

—¿Una cambiaformas?

—No lo sé. Pero no es humana común. Y sabe lo que somos.

El beta asintió lentamente.

—Entonces esto no puede manejarse como un simple encuentro de compañeros. Si ha vivido oculta… si está huyendo… puede haber más en juego.

Aron lo sabía. Y eso lo inquietaba aún más.

—Quiero vigilancia completa en los accesos —ordenó—. Cámaras, tráfico, cualquier moto que haya salido del área en los últimos treinta minutos. Y quiero discreción absoluta. Esto no sale de nosotros.

—¿Y el consejo?

Los ojos de Aron brillaron con dureza.

—El consejo no necesita saberlo… todavía.

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Leyla no miró atrás hasta que estuvo a varias calles de distancia. El viento nocturno golpeaba su rostro, mezclándose con las lágrimas que no se permitía derramar. Su corazón latía con violencia, como si quisiera escapar de su pecho.

—Idiota… idiota… —murmuró, sin saber a quién se lo decía.

Sabía que ese momento llegaría tarde o temprano. Siempre lo había sabido. Pero no así. No tan de golpe. No tan… intenso.

El sonido del gruñido aún resonaba en sus oídos. Ese sonido que había marcado su infancia, que le había enseñado a correr, a esconderse, a sobrevivir.

Alfas.

Durante años había logrado mantenerse fuera de su radar. Cambiar de ciudad. De trabajo. De rutinas. Y ahora, por un descuido, por una puerta mal cerrada… todo se había derrumbado.

Y peor aún: lo había reconocido en el instante en que chocó contra él.

No por su tamaño. No por su fuerza. Sino por lo que había sentido al tocarlo.

Ese tirón brutal, visceral, que casi la había hecho caer de rodillas.

—No… —susurró, negándose—. No puede ser.

Aceleró aún más, internándose en calles secundarias hasta llegar a un edificio antiguo donde sabía que nadie la seguiría. Aparcó la motocicleta en un garaje oculto y subió las escaleras de dos en dos hasta su pequeño apartamento.

Cerró la puerta tras de sí con doble cerrojo y se apoyó contra ella, dejándose caer lentamente hasta el suelo.

Sus manos temblaban.

—Tranquila —se dijo, respirando hondo—. Ya pasó.

Pero no era verdad.

Porque, por primera vez desde que había huido, no se sentía sola.

Y eso la aterraba más que cualquier alfa.

Se llevó una mano al pecho, justo donde aún sentía el eco de su contacto. Donde algo profundo había despertado, reclamando una verdad que había pasado toda su vida negando.

—Mía… —susurró sin darse cuenta, recordando el brillo salvaje en aquellos ojos azules.

Cerró los ojos con fuerza.

Huir había sido su única opción. Pero sabía, con una certeza amarga, que él no dejaría de buscarla.

Y, en lo más profundo de su corazón, tampoco estaba segura de querer que lo hiciera.

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