Mundo ficciónIniciar sesión
La cerradura del apartamento se movió con un clic seco, y luego la puerta principal se abrió de golpe, golpeando la pared. Leyla se tensó al instante. No necesitaba verlo para saber en qué estado venía; los pasos pesados, arrastrados, desordenados eran suficientes para que un escalofrío le recorriera la columna.
Suspiró, bajando la mirada a las hojas regadas por toda la mesa del comedor. Su laptop abierta seguía marcando la página del temario, aunque ya llevaba más de diez minutos leyendo sin realmente leer. El examen del día siguiente era importante, crucial para su futuro. Pero ninguna meta personal, ningún sueño, sobrevivía intacto en un hogar gobernado por un alfa iracundo como su padre.
Recogió las hojas con manos temblorosas, tratando de ponerlas en orden mientras escuchaba cómo él dejaba caer las llaves sobre la consola de la entrada. El sonido metálico rebotó en las paredes, demasiado fuerte, demasiado agresivo. Era como si todo en ese apartamento temblara ante él.
Leyla caminó hacia la cocina, encendiendo la estufa para recalentar la comida. Lo había estado esperando desde la hora del almuerzo. Pero él, como siempre, decidió presentarse casi a medianoche.
Solo estaba despierta por el examen. De lo contrario, hacía ya mucho que había dejado de esperarlo. El cansancio emocional había borrado hace años cualquier ilusión de tener un padre; lo único que quedaba era un reflejo condicionado de miedo y resignación.
—Aquí estás — gruñó una voz ronca detrás de ella.
Leyla se giró despacio.
Su padre llenaba el marco de la puerta del comedor, enorme, imponente, arrastrando el saco de vestir que casi se le caía de un hombro. La camisa blanca tenía varios botones abiertos, y no había rastro de su corbata. La imagen pulcra del alfa respetado por la sociedad brillaba por su ausencia. En su lugar estaba esa versión que Leyla conocía demasiado bien: el monstruo que escondía tras el whisky.
Incluso desde ahí ella podía percibir el olor del alcohol mezclado con un perfume barato, como si se hubiese estrellado contra una nube fétida de ambos.
—Llegas tarde —murmuró ella, con un hilo de voz, sabiendo que cualquier tono más firme sería interpretado como una insolencia.
Él no respondió. Caminó hacia ella, arrastrando los pies sobre la alfombra como si su propio cuerpo le pesara. Leyla retrocedió sin que se notara demasiado, intentando mantener la distancia. Nunca sabía cuál versión de él iba a enfrentar.
El alfa dejó caer el saco sobre una silla y se apoyó en el marco, mirándola con los ojos vidriosos.
—No tengo hambre. —Gruñó, evidentemente de mal humor.
Leyla tragó saliva.
—¿Comiste afuera? —preguntó, rogándose no sonar dolida. Se había esforzado en preparar un buen plato. Él siempre criticaba todo lo que ella hacía, pero esa noche… ella había querido creer que tal vez sería diferente.
—No. Y no voy a probar eso— Él arrugó la nariz con asco— No pienso morir de intoxicación alimentaria.
Las palabras fueron un latigazo directo al pecho.
Ojalá no doliera. Ojalá ya no doliera.
Pero dolía.
Leyla apretó los labios mientras respiraba profundamente. Primero para contener la rabia. Después para contener las lágrimas. Contar hasta diez era una técnica que había aprendido a pulso, esperanza tras esperanza rota.
—Como quieras —susurró, sirviéndose a sí misma para guardar el resto.
El olor a espagueti con salsa fresca llenaba todavía la cocina. Ella había seguido una receta nueva, se había ilusionado al ver que todo había quedado perfecto. Pero para su padre, nada que proviniera de ella merecía valoración alguna.
Ni siquiera su existencia.
Apenas colocó su plato sobre la mesa cuando él notó su laptop encendida y los cuadernos abiertos. Su mirada se afiló, transformándose en algo oscuro, agresivo, amenazante.
—¿Y esto qué es? —Pregunto, apretando sus manos en puños a sus costados.
Leyla sintió cómo el estómago se le apretaba. Aun así, intentó mantener la calma.
—Estoy estudiando. Mañana tengo examen y…
No terminó.
El alfa cruzó el espacio entre ellos en un latido. Sus manos la empujaron contra la pared, bloqueando cualquier vía de escape. La respiración de él cayó caliente y agria sobre su rostro. Y Leyla se preparó para el primer golpe.
—Creí que ya habíamos hablado de esto, Leyla.
Odiaba cómo decía su nombre. Como si fuera un insulto. Como si pronunciándolo recordara el motivo de su odio.
—Me falta muy poco para terminar —intentó explicar, con la voz quebrada—. No puedo dejar mis estudios.
Eso hizo que sus ojos se oscurecieran aún más.
—No puedes hacer lo que te dé la gana. ¿Me entiendes? ¡Maldita sea! —su mirada bajó por el cuerpo de ella, deteniéndose con desprecio en su ropa cómoda, una camiseta gris grande que usaba para dormir— Ni siquiera eres capaz de cocinar bien ¿y quieres estudiar?
Leyla sintió cómo el aire se le atoraba en la garganta.
—No entiendo por qué te molesta tanto…
— Porque escondes cosas. —Él señaló con el mentón la mesa—. Porque eres igual que tu madre. Siempre creyendo que podía desafiarme… Y aun así me dejó.
El golpe emocional la dejó temblando.
Su madre.
La mujer que nunca conoció, la figura convertida en fantasma, en excusa, en maldición, en arma. Su pobre madre había muerto durante el parto. Si asi era su trato hacia su propia hija…No podía esperar algo opuesto hacia la vida de su madre.
—No te estoy mintiendo… —susurró ella.
—Me mientes desde el día en que naciste. —Su voz era veneno puro—. Me arrebataste a la única mujer que quise. Y lo único que devolviste fue… —sus ojos recorrieron su rostro con desprecio— esto.
El mundo se redujo a esa frase.
«¿Amor?» Leyla dudaba incluso de eso.
A ese reproche repetido una y otra vez desde que tenía memoria.
“Tú me la quitaste.”
“Por tu culpa ella murió.”
“Eres una carga, una desgracia.”
Leyla parpadeó rápido, obligando a las lágrimas a no caer. Si lloraba, él disfrutaría viéndola romperse.
—¿Qué más has escondido? —insistió él, caminando hacia la mesa.
Leyla no respondió.
—¡Respóndeme! —rugió él.
Ella apretó los puños.
—No te estoy ocultando nada. Solo estoy estudiando. Es un examen importante y yo…
De nuevo, no terminó.
Él tomó la laptop de un tirón. Leyla dejó escapar un grito involuntario.
—¡No! Por favor, no la… — Ella intento intervenir
Pero él ya la había levantado y con un movimiento brutal la estrelló contra la pared. El aparato cayó al suelo en pedazos, la pantalla completamente destruida.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —gritó ella, sin pensarlo, llevada por un impulso doloroso.
Enseguida entendió que había cometido un error.
La mirada que él le lanzó podría haberla desintegrado.
Antes de darse cuenta, un fuerte dolor se había extendido por la mejilla de Leila, casi podía escuchar el sonido de su mandíbula desencajarse. La fuerza de los cambia formas es diez veces superior a la de un humano común y corriente… Y eso jamás había detenido a su padre.
—“¿Qué me pasa?” —su voz salió baja, peligrosa—. Esa laptop te la di yo. Todo aquí lo compre “yo”. Este apartamento, la mesa, la comida, tu cama, todo.
Sus palabras se clavaban como cuchillas.
—Incluso tú —continuó él, avanzando— perteneces a esta casa porque “yo” lo decido.
Leyla retrocedió hasta tropezar con la pared.
El alfa golpeó la mesa de cristal con el puño. El vidrio estalló en mil piezas que cayeron al suelo con un estruendo que le perforó los oídos. Leyla se cubrió los brazos, temblando.
Los fragmentos de cristal brillaban a sus pies como hielo roto. Uno de ellos le había cortado la mano a su padre, pero él ni siquiera pestañeó ante la sangre.
—Siempre eres un problema —murmuró él, acercándose—. No fuiste más que un error desde el principio. Y aun así estás aquí, respirando, exigiendo, soñando como si tuvieras derecho a algo.
Leyla sintió la garganta cerrarse.
Quería correr.
Quería desaparecer.
Quería nunca haber nacido.
—Voy a salir —anunció el alfa, tomando las llaves del auto sin limpiarse la sangre—. Cuando vuelva, quiero todo esto recogido. ¿Me oíste?
Ella no respondió.
— ¿ME ESCUCHASTE, NIÑA?
—Sí —susurró con la voz rota.
Él salió dando un portazo, dejando tras de sí olor a alcohol, frustración y violencia.
Solo entonces Leyla se dejó caer. Su espalda resbaló por la pared hasta sentarse en el suelo, abrazando sus rodillas. Las lágrimas que había retenido durante horas finalmente explotaron en un llanto mudo, ahogado, desesperado.
Su corazón latía tan rápido que dolía.
“No fuiste más que un error desde el principio.”
Había escuchado variaciones de esa frase toda su vida. Pero esa noche, con los trozos de vidrio brillando en el suelo y los restos de su laptop —su herramienta para estudiar, para avanzar, para escapar algún día— destruida, le pesó más que nunca.
Se mantuvo en posición fetal durante largo rato, incapaz de moverse, con la respiración entrecortada.
Cuando finalmente logró levantarse, reunió los pedazos de la mesa con cuidado para no cortarse, recogió los restos del computador y ordenó como pudo.
El examen ya no importaba. Nada importaba.
Cuando terminó, caminó hasta su habitación, se dejó caer sobre la cama y lloró hasta que, agotada, el sueño la venció.
Su pesadilla apenas comenzaba.







