Vega no supo en qué momento sus manos giraron el volante y desviaron el camino que llevaba de regreso a la Villa El Roble; simplemente ocurrió, como si su cuerpo hubiera tomado una decisión antes que su mente, y cuando quiso darse cuenta ya estaba frente al portón de hierro del cementerio de Alborada, con el motor encendido y el corazón latiéndole en la garganta. Apagó el vehículo, bajó lentamente, y el aire frío le rozó el rostro como una advertencia; caminó entre las lápidas con paso firme, aunque por dentro sentía que se desmoronaba, hasta detenerse frente a aquella que llevaba los nombres de sus padres grabados en mármol blanco. Se quedó unos segundos en silencio, respirando, hasta que finalmente habló en un susurro que el viento arrastró entre los cipreses. —Mamá… papá… no sabía a dónde más ir —murmuró, y sus dedos temblaron al rozar las letras frías—. Nunca pensé que llegaría a tener un corazón tan confundido. Cerró los ojos y el recuerdo del rostro demacrado de Theodore Scaly
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