La luz de la mañana se filtraba con suavidad a través de los ventanales de la oficina del Conglomerado Trovatto. Alonso estaba de pie frente al escritorio, los dedos entrelazados, con el ceño ligeramente fruncido. Sus ojos ámbar, intensos y calculadores, se posaban sobre Vega, que lo observaba con esa mezcla de curiosidad y precaución que siempre aparecía cuando él adoptaba ese semblante serio. —Vega… —dijo Alonso, su voz grave rompiendo el silencio—. Necesitamos hablar de algo importante. Ella lo miró fijamente, percibiendo la intensidad que emanaba de su postura. Se acercó al escritorio, con pasos silenciosos, y ambos tomaron asiento en los sillones opuestos. El aire entre ellos se cargó de tensión, como si cada palabra fuera un movimiento estratégico en un tablero invisible. —¿De qué se trata? —preguntó Vega, con la voz firme, pero el corazón le palpitaba con fuerza. Alonso respiró hondo y apoyó los codos sobre sus rodillas, inclinándose ligeramente hacia ella. —Ayer… vi a The
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