La Casa Grande estaba en silencio. No era el silencio apacible de la madrugada, sino uno espeso, cargado, como si las paredes mismas escucharan. Rolando Trovatto permanecía de pie frente al ventanal de su despacho, con las manos entrelazadas a la espalda. Afuera, los jardines perfectamente cuidados dormían bajo la penumbra, ajenos a la tormenta que comenzaba a gestarse dentro. El patriarca había envejecido, sí, pero no había perdido lo esencial: el instinto. Y ese instinto le decía que Judith ya no era solo una muchacha caprichosa. Algo en ella se había torcido, y se percata de eso después de la llegada de ella, sabía que algo más había ocurrido. Se giró lentamente y tomó el teléfono. Marcó un número que conocía de memoria. —Soy Rolando Trovatto —dijo cuando la llamada fue atendida—. Necesito que investigues a mi nieta. Al otro lado, el silencio fue inmediato. —¿A la señorita Judith? —preguntó la voz con cautela. —Sí —respondió él sin rodeos—. Quiero saber todo. Cada movimie
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