Nuria despertó con el sonido del mar golpeando los acantilados bajo La Fortaleza, pero lo que la sacó del sueño no fue el ruido del agua, sino la ausencia de calor a su lado, estiró la mano sobre la sábana gris, buscando instintivamente el cuerpo sólido de León, solo encontró tela fría. Abrió los ojos, parpadeando ante la luz grisácea de la mañana que se filtraba por las cortinas, su cuerpo se sentía diferente: pesado, dolorido en los músculos internos, pero vibrante, las marcas de las manos de León en sus caderas eran invisibles bajo la piel, pero ella podía sentirlas arder, recordó sus gemidos, su entrega absoluta, la forma en que él la había devorado como si fuera su religión.Se sentó en la cama, cubriéndose el pecho desnudo con la sábana, la puerta comunicante estaba abierta de par en par.¿León? —llamó, con la voz ronca por el uso de la noche anterior.Nadie respondió.Se levantó, envolviéndose en la sábana como una toga romana improvisada, y caminó descalza hacia la habitación d
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