El primer llanto llegó a las tres de la madrugada.Daniel, el del medio, el que había nacido segundo, el que tenía un lunar diminuto junto a la oreja izquierda. Su llanto era agudo, insistente, el tipo de sonido que atravesaba paredes y despertaba a pasajeros que llevaban horas intentando dormir en asientos diseñados para torturar espaldas.Valerie lo tomó del portabebés antes de que el llanto alcanzara su máximo volumen, presionándolo contra su pecho con la urgencia de quien sabe que cada segundo de ruido es un segundo de peligro. No peligro de Dimitri, no aquí, no todavía. Peligro de miradas hostiles, de quejas que podían escalar, de un conductor que decidiera que tres bebés eran demasiado problema.—Shh, shh, shh —susurró contra el cráneo tibio de Daniel, meciéndolo con movimientos que había perfeccionado durante semanas en el sótano donde cualquier sonido podía significar descubrimiento.El bebé se calmó gradualmente, sus sollozos convirtiéndose en gemidos, los gemidos en respirac
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