El almuerzo del alcalde era a las dos de la tarde del domingo.
Julián no mencionó nada durante el desayuno, pero Valerie lo vio revisar el reloj tres veces entre las ocho y las nueve. Pequeños gestos que había aprendido a leer como quien descifra un idioma extranjero.
A las diez, Isabella apareció en la puerta.
No tocó. Usó la llave que aparentemente tenía desde hace años, entrando con la familiaridad de quien considera el espacio parcialmente suyo.
—Buenos días, Julián. Vine a recordarte sobre