El sábado amaneció con un frío que mordía hasta los huesos.
Valerie se levantó a las seis, como siempre, pero esta vez con un propósito que iba más allá de la rutina. Los pañales se habían agotado la noche anterior, y necesitaba salir. Necesitaba aire. Necesitaba recordarse que podía caminar por una calle sin que la mano de un hombre se cerrara sobre su brazo.
Julián ya estaba en la cocina cuando bajó, con su taza de café y el periódico desplegado con precisión geométrica.
—Buenos días.
—Buenos