El jueves, los niños enfermaron de verdad.No la fiebre leve del fin de semana anterior. Fiebre alta, cuarenta y un punto dos en Adrián, cuarenta en los otros dos, el tipo de temperatura que hace que los cuerpos pequeños se pongan livianos y los ojos vidriosos y la voz como de alguien que habla desde el fondo de un pozo.Valerie llamó al trabajo a las siete de la mañana.—No puedo ir hoy —dijo.Celia, al otro lado, dijo que de acuerdo. No preguntó por qué. Era la primera baja de Valerie en meses y Celia sabía hacer la diferencia entre las personas que inventan razones y las que no las necesitan.El médico del pueblo llegó a las nueve.Fiebre gripal, dijo. Los tres al mismo tiempo, cosa habitual en trillizos: lo que entra por uno entra por los tres. Paracetamol, líquidos, reposo. Si la fiebre no cedía en cuarenta y ocho horas, avisar.Valerie lo acompañó a la puerta.Volvió a la habitación de los niños.Los tres en la cama grande, los tres dormidos con la respiración entrecortada de la
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