El sábado pasó como pasan los paréntesis: con ruido de fondo y sin peso propio.Los niños tenían algo parecido a una fiebre leve, cosa de dientes, cosa de temporada. Valerie los tuvo en casa todo el día con paños húmedos y caldo que no querían y la televisión puesta no para que vieran sino para que el ruido los distrajera del malestar.Julián apareció a las once con una bolsa de manzanas y un cuento que había comprado en la papelería del pueblo.No mencionó la conversación del viernes.Tampoco ella.Lo que habían dicho el viernes seguía ahí, sobre la mesa invisible que comparten las personas que han dicho cosas verdaderas y todavía no saben qué hacer con ellas. Pero ese sábado ninguno de los dos lo tocó, y el silencio que construyeron alrededor fue, quizás, la única forma posible de respetar algo sin aplastarlo.El domingo fue más quieto.Los niños mejor. Julián en su casa, o en la escuela preparando el lunes, o en cualquier parte que ese día no era el porche de Valerie.Ella estudió
Leer más