El lunes de la semana siguiente Steve la llamó a las cuatro de la tarde.
Valerie estaba en el despacho prestado con los registros del proveedor sur abiertos, siguiendo el rastro del desvío en los costes de transporte, construyendo la arquitectura del fraude con la misma lentitud deliberada con que había aprendido a hacer todas las cosas que importaban: sin prisa, sin errores, sin dar nada por hecho.
—¿Puede venir ahora? —dijo Steve.
—En diez minutos.
Cerró los archivos. Los guardó con contraseñ