El jardín de la casa frente al mar olía a sal y a romero. Antonio Sepúlveda, con las manos manchadas de tierra y el rostro surcado por las arrugas que solo la paz y el sol pueden esculpir, observaba a su nieta de cinco años correr hacia la orilla. La pequeña, llamada Esperanza, tenía los ojos de Mia y la curiosidad insaciable que, en otros tiempos, habría sido peligrosa en un Sepúlveda.Antonio se sentó en el porche, dejando que sus viejos huesos descansaran. A veces, en el silencio de la tarde, todavía escuchaba el eco metálico de las celdas o el zumbido de los laboratorios, pero esos sonidos eran ahora como fantasmas sin fuerza, sombras que se disolvían con el sonido de las olas.Mia salió con dos tazas de té y se sentó a su lado. Se miraron sin necesidad de hablar. Habían pasado veinte años desde su liberación, y el tiempo les había otorgado el regalo más caro de todos: la cotidianidad. No había crisis que resolver, ni juntas de accionistas que aplacar, ni códigos de seguridad q
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