El tiempo en el laboratorio no existía. Los días y las noches se fusionaban en una tortura de luz fluorescente y el zumbido constante de la maquinaria. Mia era interrogada sin cesar sobre el origen de Leo, sobre los detalles de su nacimiento, sobre cada peculiaridad de su salud. A cambio de su cooperación, le permitían ver a Leo a través de la pared de cristal, aunque nunca podía tocarlo. Leo estaba en una cápsula de aislamiento, conectado a un sinfín de tubos y electrodos. No parecía asustado; sus ojos permanecían claros, observando todo a su alrededor con una curiosidad casi científica. Mia lo veía dibujar patrones en el cristal con sus dedos, los mismos fractales que había trazado en el polvo de la cabaña. Un día, mientras la Doctora Sharma estaba distraída con los monitores, Mia vio algo que la heló la sangre. Detrás de la cápsula de Leo, en la misma sala de aislamiento, había otras cápsulas idénticas. Y dentro de ellas, otros niños. No eran muchos, quizás una docena. Alg
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