El sumergible se balanceaba en la inmensidad del Atlántico, un punto insignificante bajo un cielo que empezaba a clarear con tonos grises y rosáceos. Mia apretaba el gemelo de Antonio contra su pecho, sintiendo que el frío del metal se le filtraba en los huesos. El mensaje era claro: el lugar donde dibujó el primer fénix. No era un edificio de cristal, ni una oficina de lujo. Era el viejo muro de ladrillos detrás del bloque de apartamentos en el Sector Bajo, donde una Mia adolescente, llena de rabia y sueños, había trazado con tiza la imagen de un ave renaciendo de sus cenizas.El regreso a la ciudad no fue el de una reina, sino el de un fantasma. Mia vendió las joyas que llevaba ocultas, cambió su apariencia y, bajo el nombre de Elena, alquiló un pequeño estudio a pocas calles de su antiguo barrio. La opulencia de los Varga y el peligro de los Sepúlveda parecían ahora pesadillas de otra vida.Mia esperaba a Antonio. Cada noche, se sentaba frente al muro de ladrillos, esperando ver e
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