El silencio no es el vacío. Es una frecuencia sorda que vibra en los oídos de Sebastián mientras sus sentidos regresan uno a uno. Lo primero que siente es el frío, pero no el frío artificial de los laboratorios del Vaticano ni el hielo eterno de Siberia. Es el frío de la lluvia real, una lluvia que huele a tierra mojada y a ozono tras una tormenta eléctrica.Sebastián abre los ojos. Se encuentra tendido sobre el asfalto húmedo de una carretera secundaria. A su alrededor, la vegetación es espesa, casi selvática, reclamando el asfalto con raíces que parecen venas de madera. No hay torres de cristal, no hay satélites de oro, no hay templos biológicos.Sebastián se mira las manos. No son de obsidiana, ni emiten luz ámbar. Son manos humanas, con cicatrices reales y piel desgastada. Sin embargo, al cerrar los puños, siente un eco profundo en su médula ósea. La Sangre Antigua sigue allí, pero está dormida, como un volcán que ha decidido guardar silencio tras una erupción catastrófica.¿Va
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