La Ciudad de Oro, ubicada en el centro exacto del Sol, no era una construcción de materia, sino de voluntad pura. Las calles vibraban con una frecuencia que Valeria Miller sentía en sus dientes, un zumbido constante que recordaba al latido de una estrella moribunda. No había sombras aquí, solo una claridad absoluta que desnudaba los secretos de cualquier alma que se atreviera a caminar por sus avenidas. Frente a ella, el Coronel Kovic, o la entidad que habitaba su cuerpo, permanecía de pie ante un trono de luz líquida que parecía succionar la realidad circundante.Kovic no llevaba su uniforme de combate habitual. Vestía una túnica de hilos solares que cambiaba de color con cada pensamiento. Sus ojos, antes cargados de la fatiga de la guerra, ahora eran pozos de una frialdad matemática. Valeria, no me mires con ese odio, dijo Kovic, y su voz resonaba con la autoridad de un sistema operativo cósmico. El Kovic que conociste fue una simulación necesaria, un ancla para mantenerte en
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