El vacío no era negro. Era de un color blanco cegador, una ausencia total de profundidad y perspectiva que hacía que Valeria Miller sintiera que su propio cuerpo se desintegraba en cada paso invisible. Al caer de la nave Odisea, no golpeó un suelo sólido, sino que quedó suspendida en una nada vibrante. En su mano derecha, el frasco con la chispa de Sofía latía con un ritmo frenético, como un corazón que se niega a dejar de luchar. En su mente, el eco del grito de Mateo aún resonaba, pero aquí, en el nexo de las iteraciones, el sonido no existía.Frente a ella, la escena era tan grotesca como fascinante. Miles de versiones de Sebastián Miller estaban sentadas en una estructura circular que recordaba a un senado romano, pero construido con fragmentos de relojes rotos y cables de fibra óptica que brillaban con una luz azul gélida. Había Sebastisanes de todas las edades: el joven científico idealista que conoció en la universidad, el hombre obsesionado por la muerte de Sofía, y el ar
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