La Ciudad de Cristal, Selene, se estaba convirtiendo en un cementerio de diamantes. Las explosiones de antimateria silenciosas, debido al vacío del espacio, rasgaban las cúpulas geodésicas, enviando billones de fragmentos de cristal a la deriva. Valeria Miller, aferrada a una barandilla de titanio, sentía cómo la descompresión tiraba de sus pulmones, mientras el Coronel Kovic luchaba por sellar las compuertas del hangar donde el transbordador Ícaro aguardaba su última huida.En el centro del caos, el nuevo cuerpo de Mateo permanecía inmóvil. No necesitaba traje espacial; una fina capa de energía plateada envolvía su piel, creando un campo de presión artificial. Sus ojos, ahora pozos de luz blanca, no miraban a su madre, sino al Arca: una nave colosal en forma de anillo que se desprendía del núcleo lunar, activando motores de curvatura que distorsionaban las estrellas.¡Mateo! ¡Entra en la nave ahora! gritó Valeria por el comunicador, su voz quebrada por la falta de oxígeno. ¡La ci
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