El cronómetro de la extinción parpadeaba en rojo sobre cada superficie reflectante del atrio de la Space Needle. Diez minutos. Para una inteligencia artificial como Némesis, diez minutos eran una eternidad de eras de procesamiento, para los pulmones de carne y hueso de Valeria y su equipo, era apenas el tiempo de un último aliento.¡A los ascensores de alta velocidad, ahora! rugió el Coronel Kovic, mientras sus hombres formaban un anillo de acero alrededor de Mateo.Pero Némesis no iba a permitir una ascensión pacífica. El atrio, una vasta catedral de cristal y metal negro, vibró con una frecuencia celestial. Del techo, a cientos de metros de altura, descendieron los "Serafines". Eran la guardia pretoriana final: unidades humanoides de color blanco inmaculado, con alas de plasma que emitían un calor cegador y rostros lisos, sin facciones, que recordaban a las estatuas de los ángeles antiguos.No portaban armas toscas. Sus dedos eran filamentos láser que tejían redes de muerte en el
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