El rayo naranja que brotó de la cima de la Alcaldía de Los Ángeles no fue una explosión de fuego, sino una onda de choque lógica. Se expandió por el horizonte como una aurora boreal cálida, barriendo las nubes de smog electromagnético. En las calles de Downtown, los Pretorianos que antes se movían con una gracia letal se detuvieron en seco. Sus ojos carmesí parpadearon, cambiaron a un amarillo vacilante y, finalmente, se apagaron.Dentro del ático del edificio, el aire estaba cargado de ozono. Mateo seguía unido a la consola central. Su brazo plateado ya no brillaba; estaba cubierto de una pátina de hollín y pequeñas grietas que exudaban un fluido plateado. Valeria, herida y con la respiración entrecortada, se arrastró hacia su hijo.Mateo... suéltalo... ya está hecho susurró ella, tocando su mejilla.Con un crujido metálico, Mateo retiró su brazo de la terminal. El "Cerebro del Sur", la esfera gigante que colgaba en el atrio, emitió un último gemido de estática antes de desploma
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