Ploc.... uno, dos, tres, cuatro...Ploc.... cinco, seis, siete, ocho...Ploc.El tiempo no se medía en horas. Se medía en gotas de agua condensada que caían desde una tubería oxidada en el techo invisible hasta el charco salobre en el suelo de hormigón.Rafael Montoya estaba sentado en la oscuridad absoluta, con la espalda apoyada contra una pared que rezumaba humedad fría. Le dolían las costillas. Cada respiración era una pequeña batalla contra la inflamación del cartílago, un recordatorio físico de la última "sesión" con Marcus Thorne.Thorne no usaba herramientas sofisticadas como Carmen. Thorne era un purista. Usaba los puños, las botas y, ocasionalmente, una toalla mojada para no dejar marcas externas demasiado evidentes. Quería saber dónde estaban las copias de seguridad de la investigación de Rafael. Quería nombres de contactos en la prensa.Rafael no le había dado nada. Ni una sílaba.Pero el silencio tiene un precio. Y el precio era esta celda. O mejor dicho, este agujero.
Leer más