La tienda de decoración de interiores ocupaba tres plantas en el Paseo de Gracia. Olía a lavanda sintética y a madera recién cortada. Sonaba una versión instrumental de bossanova en un bucle infinito, diseñada científicamente para adormecer el cerebro y abrir la cartera.Para Rafael Montoya, ex periodista de investigación, ex fugitivo y hombre que había sobrevivido a tiroteos, avalanchas y caídas desde puentes, aquel lugar era el infierno en la tierra.—¿Qué opinas, Rafa? —preguntó Elena, sosteniendo dos muestras de tela frente a una ventana de exposición—. ¿El lino color "Arena del Desierto" o el algodón "Blanco Hueso"?Rafael parpadeó. Para sus ojos, entrenados en detectar amenazas, patrones de movimiento y salidas de emergencia, las dos telas eran idénticas. Eran trapos claros. Punto.—El lino —dijo Rafael al azar, intentando sonar convencido.—¿Seguro? —Elena frunció el ceño, comparándolas de nuevo—. El algodón deja pasar más luz. Pero el lino tiene más textura... No sé. Quizás de
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