El sonido fue definitivo, como el rasgido de una tela o el cierre de una herida.
Zzzzzzip.
Rafael Montoya cerró la cremallera principal de su mochila de viaje. No era la maleta táctica negra que solía llevar en las misiones, llena de munición, botiquines de trauma y dispositivos de encriptación.
Era su vieja mochila de cuero marrón. La de periodista. La que olía a tabaco, a aeropuertos baratos y a tinta.
Dentro no había armas. Había ropa para una semana (que lavaría y reutilizaría), un par de l