El recibidor del ático se había convertido en un santuario improvisado de ropa mojada y susurros.Elena ayudó a Rafael a quitarse la chaqueta de campo empapada. Pesaba una tonelada, cargada de agua de lluvia y polvo de caminos lejanos. Cuando la prenda cayó al suelo, Elena pudo ver mejor al hombre que había vuelto.Rafael llevaba una camiseta de algodón gris, desgastada y pegada a su torso. Estaba más delgado, sí, pero era una delgadez fibrosa, de caminatas largas y comida sencilla.Elena le pasó las manos por los brazos, subiendo hasta los hombros, comprobando que era real, que no era un holograma provocado por la soledad de noviembre.—Estás helado —murmuró ella.—Tú estás ardiendo —respondió él, inclinándose para besarle el cuello, justo donde el pulso latía desbocado.—Ven. Vamos a secarte.Elena le guio hacia el salón, pero no se detuvieron allí. Fueron al dormitorio.No hubo urgencia sexual, al menos no todavía. Había una necesidad más primaria: cuidado.Elena le dio una toalla
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