El tiempo en la sala de visitas destrozada de la prisión Brians 1 parecía haberse detenido. Afuera, en el pasillo, se oía el rumor sordo de botas tácticas y voces de mando contenidas, pero dentro de ese cubo de cristales rotos, solo existía el sonido de un llanto desgarrador.Carmen Vargas, la CEO de hielo, la arquitecta de Medusa, la mujer que había puesto en jaque a gobiernos y corporaciones, estaba hecha un ovillo en el suelo. Lloraba con un sonido gutural, feo y crudo. No lloraba por el dolor físico de las quemaduras del táser o los golpes de la pelea. Lloraba porque la armadura que había llevado durante dieciocho años acababa de desintegrarse.—Soy un monstruo... —repetía Carmen, balbuceando contra sus rodillas ensangrentadas—. Lo hice, Elena. Cogí el frasco. Yo se lo di. Soy veneno. Todo lo que toco se muere.Elena seguía arrodillada a su lado. Sus pantalones de sastre estaban rasgados por los fragmentos de vidrio, y la sangre de sus rodillas se mezclaba con el polvo del suelo,
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