El río Llobregat no era agua. Era una sopa espesa, fría y contaminada de fango, aceite y sedimentos industriales.
Bajo la superficie, la luz del día se había filtrado hasta convertirse en un resplandor verdoso y moribundo que apenas iluminaba el interior del Land Cruiser destrozado. El silencio era absoluto, una presión física que aplastaba los tímpanos, roto solo por el burbujeo sordo del aire escapando de los pulmones y de la carrocería.
Elena Vargas sentía que el pecho le iba a estallar.
Sus