El alguacil tuvo que bajar el micrófono flexible casi medio metro.
El soporte metálico chirrió en el silencio sepulcral de la Sala Penal 4.
Iiiiiccckkk.
Un acople agudo de sonido hizo que varios miembros del jurado se taparan los oídos por reflejo.
Mía se encogió en la silla de cuero, demasiado grande para ella. Sus pies, colgando a diez centímetros del suelo, goteaban agua sucia sobre la tarima de madera.
—Lo siento —susurró Mía. Su voz, amplificada por los altavoces, sonó pequeña, frágil y te