Sir Julian Blackwell no gritaba. Los abogados mediocres gritan. Los abogados que cobran mil euros la hora susurran, insinúan y diseccionan.
Blackwell se paseaba frente al estrado de los testigos como un péndulo de reloj, hipnótico y constante.
Mía, pequeña y encogida en su silla, seguía su movimiento con los ojos, como un conejo paralizado por las luces de un coche.
—Mía —dijo Blackwell, deteniéndose bruscamente—. Has dicho que las paredes de la clínica eran blancas.
—Sí —respondió la niña, con