Glup. Glup. Glup.
El sonido era rítmico, casi hipnótico, y chocaba contra el silencio tenso de la cocina del piso franco.
Rafael Montoya estaba de pie frente al fregadero de acero inoxidable. Con una mano sostenía una botella de agua mineral de dos litros; con la otra, desenroscaba el tapón y vertía el contenido por el desagüe.
Ya había vaciado seis botellas. El agua clara se arremolinaba antes de desaparecer por las tuberías oscuras.
—Rafael, eso es agua embotellada sellada —dijo Elena, entran