El silencio en la Sala Penal 4 ya no era de expectación; era de incomodidad visceral. La clase de silencio que se produce cuando se levanta una piedra y se descubre algo retorciéndose debajo que nunca debería haber visto la luz del sol.
Elena Vargas estaba sentada en el estrado de los testigos. Su ropa empapada goteaba sobre la madera barnizada. Su pelo sucio se pegaba a su frente. Pero su mirada era láser.
—¿Prueba física? —repitió el Juez Moretti, inclinándose sobre su banco—. Tenga cuidado,