El libro cayó sobre la mesa del fiscal con la gravedad de una lápida de granito.
El polvo acumulado durante dos décadas en las cubiertas de cuero se levantó en una pequeña nube visible bajo los focos de la sala, bailando en el aire estancado.
Doña Luisa, sentada en su silla de ruedas, no se inmutó. Sus manos, deformadas por años de fregar suelos y guardar secretos, alisaron la portada desgastada.
El libro olía.
No olía a biblioteca. Olía a humo. Olía a madera quemada y a la desesperación de una