Dominic BlackwoodLa luz grisácea del amanecer londinense empezó a filtrarse por los ventanales altos del taller, bañando el desorden de lienzos, caballetes y botes de pintura en una claridad cruda e implacable. Abrí los ojos y, por un segundo, el instinto de defensa me puso en alerta máxima. Mis músculos se tensaron de forma refleja, buscando una amenaza en las sombras, hasta que el peso cálido y suave contra mi pecho me obligó a recordar dónde estaba.Chloe seguía dormida.Sus piernas estaban entrelazadas con las mías de una forma tan natural que dolía, y su respiración, ahora pausada y profunda, golpeaba rítmicamente contra mi clavícula, enviando oleadas de calor a través de mi piel desnuda. Tenía una mano apoyada sobre mi pecho, justo encima de mi corazón, como si inconscientemente estuviera reclamando la propiedad de ese órgano que yo juré, hace años, que se había convertido en piedra.Sentí una punzada en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Era miedo. Un miedo f
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